El detalle…no es la acción, es el detalle

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No lo puedes entender. Aunque deberías esforzarte un poco por entenderlo. Es el detalle…no es la acción, es el detalle. Pensó ella.

Pasaban de las nueve, cuando Marga y Mikel se disponían a cenar, como cualquier otra noche Mikel terminaba de cocinar, con su pelo cortado a cepillo y aquel delantal de pingüinos, bien pareciera un improvisado chef, en lugar del encargado habitual de aquel menester

  Su cara afilada y su nariz aguileña le daban autoridad en el colegio donde trabajaba como director, pero de nada le servían en casa con su mujer, que ya le tenía la holgura cogida,.

Mientras Marga, se vestía tras la ducha nocturna, la cual conseguía que se relajara del duro día. Su pelo castaño y ondulado recogido en un moño para no mojarlo y sus ojos grandes haciendo aparición a través del vaho del espejo, no podían disimular la tristeza que sentía aquella noche. 

Apenas había tenido tiempo para pensar en que hoy era su aniversario de boda.

—Ya está la cena en la mesa—suspiró él a la vez que dejaba la ensalada en la mesa.

—Voy, un segundo Mikel, estoy contestando un mensaje de tu madre.

—Mi madre puede esperar, la ensalada y las brochetas de pollo, no.

—De acuerdo, cariño, en tres segundos estoy.

—Que sean dos. Uno…Dos…Dos y medio…

—Y tres, lo ves. Ya estoy.

  Frunció el ceño como un niño, al ver el inocente engaño, mientras, ella le lanzaba un beso al aire y él se quedaba impasible, gesto por el cual ella se incomodó.

 —¿Qué tal el día en el trabajo Mikel? ¿Todo bien o has tenido muchos críos a los que castigar como un buen director? —preguntó con sorna.

—Hoy se han portado relativamente bien, solo ha aparecido Sofía, esa chica tiene una imaginación increíble y demasiados conflictos internos. Llamé a sus padres y les recomendé que la llevaran a un psicólogo, no está llevando demasiado bien su divorcio y la muchacha solo desea que la presten atención.

—Debe ser difícil afrontar eso cuando eres un niño o como en su caso una adolescente. Nunca viene bien una separación.

-Ya, pero sucede y hay que sobrellevarlo de la mejor manera, sobre todo por el bien de los hijos.

—Menos mal que tú y yo no tenemos niños.

—Si, es un alivio comprobar que cuando nos tiremos los trastos a la cabeza, solo seremos tú y yo los perjudicados.

—¿Qué tiene que pasar, para que la persona con la que has decidido estar el resto de tu vida y tú, os llevéis a matar?

—La vida, las circunstancias, un montón de “por qué´s”…

  Se hizo un silencio incómodo, solo roto por el tañido de las campanas de la catedral y el sonido de sus respiraciones entrecortadas. Tal era el momento, que se podían escuchar hasta las burbujas del refresco en los vasos mientras sus miradas se cruzaban diciéndoselo todo sin decir nada.

—¿Sigues con ella o ya lo habéis dejado?

—Ya te dije que fue un desliz. Y que sucedió cuando no estábamos bien.

—Pues no es que ahora estemos mejor. En la época de la guerra fría se lo pasaban mejor que nosotros.

—¿Qué voy a tener que hacer para que me creas?

—Supongo que nada. Yo tenía idealizado nuestro matrimonio y tú supongo que eres más práctico.

—No vamos a empezar esto otra vez. Ya te dije que fue un tiempo y que acabó, es mas, fuí yo quien decidió sincerarse y explicarte lo sucedido. No estábamos bien, te fuiste un par de meses para pensar.

—¿Sabes qué? Da igual, las cosas no van a cambiar de la noche a la mañana, de hecho no es que hayan sido distintas alguna vez, la historia está en que yo soy la que ha cambiado y no tolero lo que antes ignoraba.

—¿A qué te refieres?

—A lo que te he dicho cientos y cientos de veces. No tienes ni un triste detalle.

—¿Cómo te tengo que explicar que no puedes pretender que todo el mundo sea como tú?

—Hasta ahí ya llego, pero no sé un poquito de colaboración.

—Y ¿Ahora qué he hecho? O mejor ¿Qué no he hecho?

—Por ejemplo, antes te mando un beso y no eres capaz de devolvérmelo o hacer como que te lo guardas en el bolsillo o en el corazón.

—Tú y tus romanticismos

—¿Lo ves? ¿Qué día es hoy?

—Jueves, pero seguro que he olvidado algo ¿No es cierto?

—Cierto, nuestro aniversario de boda.

—Tú tampoco te has acordado.

—¿En qué te basas?

—En que no has dicho nada hasta ahora.

—Estaba esperando a que te acordaras.

—Ya, seguro. ¿Qué quería mi madre?

—Tú y tu habilidad para cambiar de tema.

—No me interesa la conversación, es más de lo mismo. 

—¿Y por qué no haces nada por cambiarlo?

—¿Acaso vas a cambiar tú también?

—Déjalo ¿Sabes? Esto siempre acaba en discusión y tú no vas a salir de tus trece ni yo de los míos. Al final, los dos sabemos cómo acaba.

—Es que eres demasiado exigente, no todo es una tragedia griega, como lo de los guisantes del otro día, pues sino te gustan los apartas y punto.

—Y dale, que ya sé que podía haber apartado los guisantes del arroz, pero es el detalle, sino me gustan. ¿No puedes por una vez en tu vida, no echarlos?

—Y qué problema tienes en apartarlos?

—¿Lo ves? No son los guisantes, es el detalle. Sino te gustasen a ti, yo no los pondría.

—Pues ese es tu problema, a mí no me gusta el maíz y lo hecho de vez en cuando a la ensalada.

—Mira, vamos a dejar de discutir por tonterías. Creo que lo mejor es que cenemos y llames luego a tu madre, tiene un gripazo de escándalo y como siempre, me lo dice a mi en lugar de a su hijo, así yo te lo transmito a tí y me ocupo de que a llames. 

—Ya estamos.

—Déjalo. Terminemos de cenar.

Al cabo de un rato, después de cenar y de llamar Mikel a su madre en lo que Marga recogía la cocina. Cruzaron solo un par de miradas.

Se dispusieron a acostarse, ya en la cama Mikel buscaba un podcast para dormir y Marga terminaba de leer la última página de un libro de su mesilla de noche.

—Creo que deberíamos dejarlo pero esta vez definitivamente, Mikel.

—Estoy de acuerdo, Marga.

—Pero me niego a que nos tiremos los trastos a la cabeza, solo por todo lo que hemos compartido en estos veinte años, nos debemos un respeto tanto el uno al otro como a nosotros mismos. Seamos adultos y llevemos esto de la mejor de las maneras posibles.

—Sigo estando de acuerdo.

—No quiero perderte como amigo, te quiero demasiado y has estado tantos años en mi vida que no quiero que esto sea una batalla campal.

—Por mi parte no será así. Yo también te quiero. 

Ambos se abrazaron larga y tristemente. Pensando en cómo habían llegado a esa situación, al  separarse de aquel interminable abrazo se miraron a los ojos llorosos y llenos de bonitos recuerdos y volvieron a abrazarse.

—Y si lo intentamos una vez mas, ponemos un poquito de nuestra parte cada uno…yo no hecho guisantes a la relación y tu olvidas el maíz.—espetó con inocencia en la mirada y algo de plegaria Mikel.

—Solo si consigues que yo sea capaz de poner las tapas bien en el lavavajillas y te deje de enviar tantos besos que no sepas que hacer con ellos.

—Los besos se quedan y los reproches se van. ¿Te parece?

—Me parece. Pero en eso de los detalles, tenemos que trabajar los dos.

—Si, lo sé. Una relación es como una planta. Sino la riegas y la cuidas se muere.

—Bueno, para mi una relación es como una figura de porcelana. Es algo precioso y si está bien como está es mejor no tocarla.

—Mikel, creo que debemos encontrar un punto medio. 

—Marga, tienes razón. Debemos aprender de nuevo a aliñar ensaladas.

Rieron entre lágrimas.   Estuvieron abrazados largo tiempo, sabían que era una calma temporal, una situación que esperaban no volver a vivir, pero que sin duda sabían que se repetiría. 

Una parte de ellos se negaba a terminar con aquello, el apego que sentían no tenían claro si era producto del amor o de la costumbre, lo que sí tenían claro era la voluntad de no sufrir.

Ella trabajaría para no dar importancia a: “es el detalle” y haría la labor de darle algo más de respeto a ese:  “es el detalle”

el detalle

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