Pelayo, se decía: Un día mas, una noche menos.

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Pelayo, se decía: Un día mas, una noche menos.

—Un día más, una noche menos —se repetía como cada noche Pelayo— un día más, una noche menos.

Pasaban las once de la noche y Pelayo, seguía vigilante a sus faroles, un hombre de cincuenta y muchos años, soñando con dejar su oficio. Con los años, aquello se le había ido haciendo cuesta arriba, ya no disponía de la misma energía de antaño. Su piel ajada por la edad, su pelo cano y su incipiente artrosis, le decían cada mañana al ir a buscar el aceite y las mechas, que ya era tiempo de dejarlo. 

Para sus adentros tras las primeras quejas se decía:

 —Un día más. 

Y por las noches, ya despuntando el día, al acabar el turno, mientras marchaba en dirección a casa con el chuzo en la mano:

—Una noche menos.

Desde que el año 1854 se unificaran los trabajos de farolero y sereno, la gente no se ponía muy de acuerdo a la hora de catalogar su trabajo, oficialmente era sereno, los mas mayores de la ciudad preferían denominarlo farolero, pero fuere como fuere, ahí estaba él, entre aceites y llaves, cada vez con más trabajo.

Solía encontrarse a menudo al alba con la modista y el sastre de la calle 40, hacían de su hogar su trabajo y era una pareja respetable, todos las madrugadas ambos salían a pasear con la fresca, para despejarse antes de empezar el día entre patrones y gente adinerada a la que coger medidas mientras se quejan de las hechuras y las sisas.

Don Carlos, enjuto y frío, carente de sonrisas a pesar de llevar del brazo, a su preciosa mujer Alba, mas enjuta pero sonriente y alegre. 

—Al Alba, Doña Alba. Con Dios pareja.—les decía mientras ellos se alejaban con una leve mueca en el rostro. Todas y cada una de las mañanas al verlos pasar.

Aquella mañana también echó en falta a Don Mariano, el ascensorista que trabajaba en la Calle 33, dadas las horas, imaginó que ya estaría en el trabajo; pero le extrañó no haberse cruzado con él. 

Resultaba rarísimo no haberle visto, pues era un hombre orondo y simpático el cual todas las mañanas le regalaba una sonrisa y un “BUENOS DÍAS TENGA USTED” si por lo que fuera Pelayo se encontraba ocupado con alguna reparación de sus niñas (como cariñosamente le llamaba a las farolas) para no tener que asumir el coste de la rotura o estaba rebuscando la llave de algún vecino, Don Mariano le gritaba para avisarle de su presencia:

—¡Buenos días tenga usted!

Tan sumido estaba en sus pensamientos que no advirtió la presencia de Segismundo, el compañero de oficio que se ocupaba de las calles colindantes.

 —Pelayo, una día más, una noche menos. Hola Segis. ¿Qué ocurre? Te noto algo apurado.

—Madre de Dios Pelayo. ¡Claro! Aun no sabes lo ocurrido, venía a avisarte. ¡Ah! Por allí viene Gervasio, que rápido son estos periodistas de sucesos.

—¿Qué ocurre Segis? Me tienes en vilo.

—Don Mariano, ha aparecido muerto hace escasos minutos en la calle 33 y venía a avisarte.

—Válgame el cielo, pero.¿Cómo?¿Por qué?

—Aun no se sabe, la policía de la calle 30 está avisada y viene de camino.

—Buenos días, caballeros. —dijo el joven periodista.

—Caray que rápido te has enterado, aun no se ha pasado el parte a todos los faroleros y tú, ya estás aquí Gervi.

—No sé de que me habla, Don Segismundo, pero estaré encantado de que me lo cuente.—espetó el muchacho—Si se trata de algún suceso ansío conocer todos los detalles.

—Pues encamínate a la 33, hijo. Allí yace Don Mariano, al que alguien ha asestado el golpe de su vida en la sien.

—¡Qué horror! Pobre hombre, allá que voy, gracias Don Segismundo. Don Pelayo, buen día.

—No doy crédito, Segis, era un buen hombre. ¿Quién y por qué haría algo así?—dijo Pelayo.

—No lo sé, pero el solo vivía para su trabajo, enamorado de sus botones y palancas, siempre bromeábamos con intercambiar los papeles algún día y no se darían cuenta de dicho cambio por nuestro aspecto físico que es parecido, sino por el mimo y cuidados a su pequeño, como el finado le llamaba al ascensor. 

—Bueno, también se darían cuenta porque Don Mariano es menos refunfuñón. 

—Necesito tiempo para digerir esta situación, tengo que acercarme a verle.

—No te lo recomiendo Pelayo, tú eres bastante sensible con la gente que aprecias.

—Es igual, lo haré. Al menos le daré el último buenos días.

Pelayo se fue sumido en sus pensamientos de nuevo, agarrando fuertemente sus bártulos a medida que se iba acercando a la escena del crimen. Ver a Don Mariano, tumbado en el suelo, en un charco de sangre le hizo comprender que la vida eran dos días y uno lo pasamos durmiendo, bueno él no, porque le toca trabajar.

En esos momentos, comprendió aquellas palabras que siempre se repetía: UNA DÍA MÁS, UN NOCHE MENOS.

Para él, el ascensorista era un hombre alegre y lleno de vida, con un trabajo envidiable. Y ahora de un plumazo su vida se había acabado. En un segundo, todo era distinto. 

Sin pensarlo mucho, aun con el estupor de verle en el suelo inerte, dejó sus cosas tiradas en el suelo al llegar a casa, se puso la ropa de los domingos y se dijo:

—El no, ya lo tengo.

Salió a la calle y en lugar de ir a por suministros como hacía todas las mañanas se encaminó al HOTEL 33.  Algo nervioso pero con gran decisión. Le faltaba el aire de los nervios.

Al llegar, se estiró un poco la ropa y se acercó a la recepcionista, leyó su nombre en la placa enganchada de su pecho y dijo con un poco de rubor en las mejillas:

—Buenos días Victoria. ¿Con quién debería hablar aquí para ser ascensorista? Me gustaría formar parte de la plantilla

—Un momento caballero. Llamaré a mi superior, yo no dispongo de autorización para tratar de estos temas.

—Gracias, mujer. No te preocupes, esperaré. Y mientras, mentalmente se gritaba…UN DÍA MÁS, UNA NOCHE MENOS…UN DÍA MÁS, UNA NOCHE MENOS…

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