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Promoción 3.33-10-8-4-2 (Relato de Terror)

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Promoción 3.33-10-8-4-2 (Relato de Terror)

Y ahí estaba yo, no sabiendo muy bien como había llegado a esta situación, como se podía haber complicado tanto una noche que prometía ser un divertido y entrañable encuentro entre compañeros de instituto. Eran las tres y treinta y tres, la hora del diablo, aunque para nosotros el infierno había surgido varias horas antes.

         Apoyada en la puerta de la ambulancia, con la famosa manta que siempre veía en las películas… y que irónico, ahora era yo quien la portaba. Lo único que me preocupaba era saber si …

—¿Alma Valenciano?—preguntó un policía sacándome de mis pensamientos.

—Si agente, soy yo. Disculpe, me he quedado en blanco, no le estaba escuchando, solo pensaba en… lo cierto es que no sé, ni en que pensaba la verdad.

—Podría relatarme los sucesos que han acontecido esta noche, por favor. Sé que es muy duro, pero cuanto antes lo aclaremos, antes podrá pasar página.

—Lo cierto, es que no sé, si esta clase de página se puede pasar, ha sido todo tan extraño… No sé ni por donde empezar a contarle…

         Sobre las diez y media de la noche, todos íbamos llegando al gimnasio cubierto del instituto, “la nevera”, como le llamábamos, era el anexo al gimnasio construido como ampliación del mismo, pues cuando llovía nos llevaban a ese recinto cerrado con techo de uralita y paredes de cemento, conectado con el verdadero gimnasio, el calentito, el de verdad, el cual se usaba para actividades como baloncesto, balonmano, estiramientos, etc…

         Al entrar, había una especie de mural de dos metros por un metro, en el cual estaba clavado, (con nuestros nombres), un sobre cerrado que en el reverso rezaba un “prohibido abrir todavía, déjate sorprender” y una tarjeta de identificación que deberíamos llevar colgada. Al coger dichos objetos, se quedaba al descubierto una imagen de cada alumno siendo adolescente , así se iba descubriendo la orla de debajo, perteneciente a nuestro año “1992”.

         El caso era, que esperando una gran acogida para el evento, habían preparado el recinto cubierto en lugar del pequeño. Lo más comentado era que ese lugar, seguía pareciendo una nevera, daba igual la estación del año, siempre hacía frío allí.

         Al cabo de unos tres cuartos de hora, aun solo habíamos llegado nueve y con el profe que nos debía de “vigilar” o lo que es lo mismo hacer la acogida en aquel lugar, contábamos diez. Nuestra promoción, de unos setenta alumnos repartidos en tres clases, no había tenido el éxito esperado, eso estaba claro.

         Carlos, el musculitos, ahora ajado por el tiempo y los excesos. Ramón, el melenas, ahora calvo, que ya hace veinte años tenía mas vicio que una puerta vieja y ahora, por primera vez hacía migas con Carlitos.

         Jose, el incondicional y retraído amigo de Carlos, antes un tirillas, ya no era ni tan incondicional, ni tan retraído e iba por toda la sala rellenando con su mirada los escotes de toda “escoba con faldas que se le cruzaba.”

         Odiaba… esa forma suya de referirse a las mujeres. Se pensaba que por las horas dedicadas en el gimnasio, las cuales habían transformado su cuerpo, ya tenía derecho a tomarse ciertas licencias.

         César, en lugar de aparentar sus cuarenta y cinco años, pareciera tener por lo menos diez o quince más. Siempre pareció mayor, no en vano era tripitidor, pero o la vida no le había tratado bien o él no se había dejado aconsejar y su físico era el de alguien desgastado y triste, sus ojos estaban vacíos, eran tal y como los recordaba de la última fiesta que compartimos, la de fin de curso del 92.

         Sonia, ya no era “la esmirriada”, con los años había ganado unos kilos y con ellos salud y francamente le sentaban de cine, miraba a César sin acercarse mucho, no quería saber nada del que otrora fuera su novio, le destrozó el corazón en la fiesta de fin de curso y ya no volvió a ser la misma, se casó por despecho con Carlos, que siempre la buscó. Y acabó aquella relación como el rosario de la Aurora, así que a él tampoco se acercaba.

         Llorente, el incombustible profesor de filosofía, nos había visto crecer, madurar y algunos estancarse e incluso involucionar…el hombre, estaba allí, en un acto casi heroico, aguantando el tirón.

         A pesar del tiempo transcurrido, aquel sexagenario seguía imponiendo con su altura y su barba tupida. Algo demacrado, no sé si debido a la edad o a su aguante sobrenatural a estudiantes adolescentes en su gran mayoría con la cabeza asentada para los estudios, pero sobre todo, para el descubrimiento de una nueva era.


María, con sus antes curvas prominentes, que embelesaban a todos, ahora tras dos embarazos y algo más de una veintena de años pasados, dichas curvas estaban mas marcadas, pero su estilo y seguridad eran impecables, lo que la hacía lucir fantástica.

Ignacio (Nacho), el típico empollón de la clase, siempre perfecto con su material, su ropa, su escritura, hasta su forma de hablar era perfecta. No en vano era el hijo de la directora Celia Hernán y de Llorente.

          Le encontré más guapo de lo que le recordaba. Alto, moreno con barbita. Siempre me volvió loca, pero nunca estuve a su altura,me repetía a mi misma siempre, de niña estaba acomplejada por mi baja estatura, mi cuello largo, mis ojos y busto pequeños y … ¡Ay!…ese cuello kilométrico como mis caderas, siempre me hacían más pequeñita por momentos, cosas que con el tiempo, me dejaron de importar para centrarme en mi futuro y quererme más, también mi situación personal era para mi una barrera entre ambos, mis padres eran humildes obreros y aunque yo era hija única, en casa siempre íbamos justos, aun así estoy muy orgullosa de ellos. Lucharon por darme estudios.

         Gracias a sus esfuerzos, hoy por hoy soy maestra, como Llorente que me inspiró. Que ganas tenía de poder cruzar unas palabras con ellos, quería saber cómo les habían tratado los años y saber de su vida.

Desde una esquina noté la presencia de Samuel, que siempre me inquietó. Aquel chico enjuto y triste, con fama de “malote”, nunca volvió a ser el mismo, tras la muerte de Celia-hija, la hermana de Nacho.

         Creo que se sintió responsable de lo sucedido el 20 de junio del 92, la noche de la fiesta de despedida y en la cual mi mejor amiga, Celia, se pasó de vueltas y vueltas son las que dió con su coche, al salirse de la carretera por ir drogada hasta las cejas, droga que Samuel le había proporcionado he ahí la cuestión. Por eso y por estar allí con ella, creo que Samu, nunca se recuperó.

         A las doce y media, Llorente, llamó nuestra atención, con el típico toque vaso y cuchara. Después de haber estado observando con mucho entusiasmo y cansancio, como interactuábamos los unos con los otros. Y veíamos todo el decorado preparado con libros y fotos de la época, mientras tomábamos algún canapé del catering.

—Bienvenidos chicos.—dijo—después de este ratito de asueto. ¿Por qué no comenzáis la visita guiada que hemos preparado dentro?

—¿Por todo el instituto? ¿Estará usted de coña, Don Llorente? —dijo Carlos con sorna.

—Pues no, así apreciaréis todo lo que ha cambiado y lo que no lo ha hecho.
—Buff, no sé si me apetece—espetó Carlos
—Pues siempre puedes quedarte si lo prefieres—Contestó Sonia sin poder evitarlo.

—Tranquila Sony, estaba de broma— resaltó él.

—Bien, pues entonces esperaremos a que venga María del baño y saldremos de exploración.—concluyó una Sonia bastante molesta con su segundo ex.

—Pues no es por nada pero ya debería haber vuelto. Me da a mí en la nariz, que no le ha gustado mucho lo que contenía su sobre—exclamó César.

—¿Y tú, cómo sabes lo que había dentro de su sobre?— Preguntó Sonia, igual de molesta con su otro ex.

—Pues porque estaba a su lado cuando lo ha abierto y se ha quedado pálida. Por eso lo imagino, aun estará reponiéndose en el aseo—replicó César.

—¿Y qué había en su interior?—quiso saber Sonia.

—Eso…Tendrá que desvelarlo ella, si quiere—afirmó él.

—La esperamos un poco en lo que terminamos de comer los pinchos y canapés—glotoneó Ramón.

Al cabo de un buen rato, nos habíamos olvidado casi de ella entre risas y recuerdos.

—Bueno, ¿Por qué no vamos a buscarla y así salimos de dudas? Hace bastante que se fue y el servicio nos pilla de camino—sentenció Samuel.

—Pues también tienes razón—confirmó Carlos— En marcha chicos, la noche es joven…

         Nos pusimos a caminar atravesando el gimnasio y llegando al pasillo que estaba muy oscuro hasta dar con los vestuarios y los baños.

         Mientras, íbamos comentando el tema de los sobres, puesto que nadie más había abierto el suyo. A casi todo el mundo le apetecía que le sorprendiesen, aunque estaba claro que a María no, siempre tan impulsiva, tan rápida para todo.

         Al llegar al lugar, Sonia, que iba la primera, entró en el baño gritándole a María de los planes que el grupo tenía pensado, cuando de repente un chillido se escapó de su garganta cortando sus palabras y poniendo en jaque a todos.

Sin esperar a que saliera, corrimos hacia allí, para observar la dantesca escena.

         Sobre un charco de sangre, reposaba la cabeza de María. Había sido brutalmente golpeada y yacía sin vida en el suelo. Con los dedos de la mano derecha ensangrentados, creo que, había intentado en vano escribir algo y solo se podía leer, como una “C” desdibujada o una “Ç” estaba demasiado borrosa.

         En su mano izquierda, también llena de sangre, estaba el sobre abierto. Todos horrorizados ante aquella escena, no podíamos reaccionar. Al cabo de unos minutos, Llorente, cogió su móvil para llamar a la policía, pero no tenía cobertura, salió fuera, hasta la nevera para poder realizar la llamada.  Lugar, donde ahogó un grito y todos sin mediar palabra corrimos a su encuentro, esperando lo peor.

         Cuando llegamos hasta el profesor, le vimos con los ojos como platos mirando hacia el mural. Al girarnos, comprendimos que esto no era lo que vinimos a hacer. No se trataba de un reencuentro de promoción sino una caza de brujas o algo así. Hubo un momento, en el que a pesar de los cuatro grados de temperatura de la nevera, estábamos achicharrados de calor ante aquella situación.

         Estuvimos un largo rato en silencio, solo roto por el sonido de nuestras respiraciones.

         Por fin, alguien se atrevió a decir alguna cosa que no recuerdo y empezaron todos a hablar a la vez, yo, aun en shock, no escuchaba, solo miraba alrededor, mientras me acercaba al cuadro que antes portaba nuestras credenciales y sobres, pero ahora tras cogerlas se podían ver nuestras fotos, sacadas de la orla y pegadas en otro mural, con la salvedad de que ya no eran fotos de aquellos adolescentes de hace veinticinco años.

         Eran fotos actualizadas, realizadas por alguien a distancia, como robados que dirían los famosos. El resto de sobres de compañeros de promoción que no habían venido, seguían clavados en el mural y me pregunté que contendrían.

Cogí uno, lo abrí, nada…cogí otro, lo abrí, nada…cogí el siguiente… y…misma operación, mismo resultado.

          Sonia al ver lo que hacía, se puso a ayudarme, Samuel, impactado por mi reacción, también comenzó a abrir sobres como un loco. Nacho, que hasta ahora sujetaba con gesto protector a su progenitor, se acercó e hizo lo propio y Jose copió los gestos del resto.

         Al terminar de abrirlos y comprobar que no había nada en su interior, me giré hacia Llorente, pero no pude articular palabra aunque de sobra me entendió, pues se encogió de hombros y negó con la cabeza.

—¿Quién colocó el mural Don Llorente? ¿Quién nos convocó aquí y por qué? —pregunté—porque está claro que alguien nos ha traído hasta aquí por razones que aun desconocemos.

—No lo sé, hija. Estoy tan sorprendido como tú.

         En aquel momento, saqué mi sobre del bolsillo trasero del pantalón y lo abrí. Lo que contenía su interior, me hizo estremecer hasta tal punto que Sonia me agarró el brazo en señal de apoyo.

—¿De qué se trata?— Preguntó César

—Es el pasador para el pelo de la fiesta de fin de curso del 92, el mismo que llevaba cuando…dejé a Celia contigo. Se empeñó en que era muy bonito y quería llevarlo puesto. Así que nos intercambiamos los pasadores. El mío de delfines rojos y el suyo de mariposas color púrpura.

—Y ¿Qué hace ahí?—respondió.—yo ni lo recuerdo.
—No lo sé César, no lo sé.—comenté incrédula.
—A ver yo…—Espetó Carlos abriendo su sobre— Yo tengo el zippo de aquella noche, creí haberlo perdido.
—Pues yo tengo, papel de liar con el número de Celia y un “peta” como los que me liaba— asumió Jose.
—En el mío estaba el pintalabios rojo que le presté a Celia minutos antes de coger el coche y tener el accidente.—se sorprendió Sonia
—Anda que en el mío…mirad…uno de mis rizos…alucinante—observó Ramón.—se lo regalé a Celia aquella noche.
—Esto va de Celia, está claro…pero…¿Por qué?—preguntó Samuel abriendo su sobre y llevándose la mano a la boca.—Son “pastis” como las que nos tomamos esa noche antes de pillar el coche.

—¿Pero hubo algo que no probara esa muchacha aquella noche?— preguntó Carlos.—tomó contigo, conmigo…

         Todos nos volvimos hacia él y su pregunta. En aquel instante, tembloroso, Llorente sacó su sobre, despegó la lengüeta y vació el contenido en su mano derecha, se trataba del llavero con la llave de su antiguo coche, el mismo con el que nos dejó ir aquella noche, Celia ya había cumplido los dieciocho y tenía el carnet desde hacia unos meses. Le prometimos volver pronto y ser responsables.

          Yo… recordando aquel momento ya intuí, que contendría el sobre de Nacho y creo por la cara que puso, él… también lo sabía, rasgó el sobre y… efectivamente se trataba de las tres monedas de quinientas pesetas que le prestó a su hermana.

—¿Alguien sabe que contenía el sobre de María?—pregunté.

         Todos nos miramos y Jose levantó la mano en señal de encargarse él, del tema y chocaba su mano al más puro estilo macho alfa con Samuel, que estaba a su lado, fue de nuevo hasta el baño donde se encontraba el cuerpo de María. Al no regresar, intuí que no encontraba el objeto en cuestión y no volvería hasta traerlo consigo, aunque fuese el sobre vacío posado en su mano.

—Fuera lo que fuera, aquí no está.—dijo Nacho con asombro.—y por el tiempo que pasa Jose en el baño, imagino que allí tampoco está el objeto.

—Tú estabas a su lado cuando lo abrió, al menos eso dijiste antes, César. ¿Qué era?—dije recordando la conversación anterior de repente.

—La llave de su taquilla—contestó él.
—¿Y eso le hizo palidecer?—preguntó Nacho.
—Estupendo pues han cambiado todas las taquillas.—espetó Samuel
—No cualquier taquilla, la que tenía en clase de química, esas no las han cambiado.—aclaró César.
—¿Y tú cómo lo sabes?—pregunté
—Porque le cogimos prestadas las llaves a Don Llorente y fuimos a la clase.

—¿Cómo aquella noche?—aseveró Sonia apretando los dientes.
—Como aquella noche—confirmó él con cara de arrepentido.
—Bueno, al menos sabemos ya por fin que pasó entre vosotros para que rompieseis.—soltó Samuel. —Y vosotros dos ¿Llegastéis a enrollaros?— preguntó mirándonos a Nacho y a mí.

—¿Cómo? ¿Qué? ¡No! María me contó que estaban juntos y estaban intentándolo de nuevo.—comenté ruborizada.

—¿Qué? Por eso te apartaste cuando te intenté besar.—recordó Nacho.
—Claro, no me iba a meter en medio de los dos.—sostuve.
—Yo nunca tuve nada con ella, se lo debió inventar. Te acompañé a casa para pedirte salir y cuando me evitaste, pensé que no te gustaba, a pesar de que Celia decía que estabas loquita por mí y yo llevaba dos años echándole valor para hablar contigo sobre ello. Por eso, pensé que no te gustaba…—explicó Nacho.

—Pues no, simplemente quise dejar espacio para vuestra relación y me quedé con las ganas. No sabes lo que me arrepentí de apartarme y no besarte. Creía que era fruto de mi imaginación y las cervezas. —le corté confesando lo que tantos años guardé para mi.

—Todo eso es muy bonito, pero no nos explica por qué estamos aquí, ni a dónde nos lleva todo esto.—interrumpió Samuel.

—Vale, ¿Os habéis dado cuenta de que no disponemos de cobertura y estamos encerrados aquí?—Recapituló Sonia.

—Y Jose lleva un rato buscando el interior del sobre de las narices, ya da igual que lo busque, ya sabemos lo que contenía.—espetó Carlos.
—A lo mejor ya está muerto, uuuuuhhh…—tonteó Ramón.
—Deja de hacer el payaso, no seas macabro.—se asustó Sonia— a lo mejor lo de María fue un accidente.
—Si te quieres engañar, buena suerte.—le reprochó Ramón.

Todos empezamos a dar vueltas buscando cobertura en nuestros teléfonos sin éxito. Durante un rato estuvimos cada uno por un lado. Sin fijarnos mas que en intentar tener cobertura y Nacho junto con Carlos intentaban abrir la puerta de salida, ahora extrañamente cerrada a cal y canto.

—Voy a buscar a Jose, tarda mucho y ya no nos hace falta el sobrecito—Comentó Samuel.

         Seguíamos aun con el miedo y la incredulidad en el cuerpo. Cuando pasados unos minutos apareció desaforado Samu sin poder articular palabra. Los chicos corrieron hacia los vestuarios mientras Llorente y yo tratábamos de calmar a Samuel.

         Al cabo de unos momentos, volvieron pálidos. Ninguno acertaba a decir nada. Llorente y yo les mirábamos esperando una respuesta que no llegaba y decidimos descubrirlo por nosotros mismos.

         Al final del pasillo, casi sin luz, antes de entrar en los vestuarios, estaba el cuerpo de Sonia estrangulado y sin vida. Sus labios habían sido pintados de rojo con el pintalabios del sobre. 

         Ante esa imagen, sin dar crédito a lo que veíamos, entramos en el vestuario mientras oíamos de fondo acercarse a Nacho y los demás diciendo que no lo hiciéramos, que no entráramos, que nos iba a dejar marcados…Y si…tenían razón, aquella dantesca estampa nos marcó. Al lado de María se encontraba Jose, azulado y con espuma en la boca, como si hubiese sido envenenado. Y de repente, oímos gritar a Samu desde el gimnasio y corrimos hacia él.

         Al llegar, seguimos alucinando al ver como Samuel levantaba sin éxito los pies de César y nos pedía ayuda para levantar a este que estaba ahorcado de una viga por una soga. Ramón, Carlos y Nacho llegaron corriendo. Entre los cuatro lograron bajarlo pero era demasiado tarde para el tripitidor.

De hecho, pudimos comprobar que de su boca también salía la misma espuma que vimos en el cuerpo de Jose hace algunos minutos, con lo cual solo era una puesta en escena. Para asustarnos más aun si cabe.

¿En qué momento había desaparecido Sonia?¿Cómo habían podido morir tan rápido? Vale, si con el veneno. Pero, era todo muy confuso y yo estaba aterrada.

         Ahora de golpe y porrazo se convertía en el cuarto muerto de la noche y no sabíamos ni cómo, ni por qué. Me giré hacia Llorente y le vi ensimismado con las fotos de la orla. Me quedé horrorizada como él al comprobar a todos los fallecidos tachados y con una raya diagonal en la foto de Ramón….

         Ramón asustado mas aun que el resto empezó a gritar como un loco. Intentamos calmarle. A pesar del estrés que todos llevábamos.

—¿Por qué nos pasa esto? ¿Ha sido usted Llorente? ¡Era su hija!—gritó Ramón—Tal vez Nachete, el perfecto que quiere vengar la muerte de su hermana. O la buena de Alma, siempre tan conciliadora, mejor amiga y enamorada del hermanito…O Carlos, recuerdo la C rara del baño con la que nos trató de avisar María. O será mamá Celia qu…

—Esa C bien podía ser una S de Samuel inconclusa.— gritó Carlos histérico— no me acuses sin pruebas.

—¿Y tú qué acabas de hacer conmigo?¿Te estás poniendo a su altura?¿No os dais cuenta de lo que está pasando? Esto es precisamente lo que quiere quién nos está haciendo esto. Por algún motivo, nos quiere aquí y no precisamente para darnos las buenas noches.
—Vale y si subimos al instituto y buscamos un teléfono desde el que llamar a la policía y así nos saquen de aquí o rompemos una ventana y salimos.—dijo Carlos.
—Por una vez estoy de acuerdo con Carlos, yo opto por la ventana, la rompemos y me piro, no quiero estar aquí más tiempo.—sentenció Samuel.— No te preocupes Almita, todo va a salir bien, confía en mi.— dijo mientras me agarraba fuertemente por los hombros y me besaba la frente.


Por primera vez sentía paz al estar con Samuel, por fin mostraba su cara más amable y protectora.


—Bueno creo que todos tenemos claro que no debemos separarnos. Cada vez que uno lo hace, muere, si estamos todos juntos, podremos con quién esté haciendo esto—exclamé.

         Encaramos ya no sé si por tercera, cuarta o quinta vez el pasillo de los vestuarios, evitando mirar la escena. Al llegar al otro pasillo que daba al instituto, vimos todas las puertas cerradas con cadenas y candados, por los ventanucos no cabíamos y las dos ventanas que daban paso a secretaría estaban tapiadas con ladrillos y las puertas de salida como las anteriores, encadenadas. Con la oscuridad y las emociones de la noche, no me había percatado de aquello. Ahora es cuando me daba cuenta, no sé ni como no lo vi antes.

—Esto cada vez es más horroroso—dije entrando en pánico.

—Quien ha hecho esto sabe lo que se hace y lo tenía todo muy bien planeado.— dijo Samuel.

—Siento lo de antes, es la tensión, nunca me hubiera imaginado algo así.—musitó Carlos.—¿Dónde está Ramón?

—No lo sé, venía detrás tuyo—comentó Samuel

—No, detrás tuyo. Tú ibas con él.—sostuvo Carlos
—No, os adelanté.¿Recuerdas?—exclamó Samuel
—No, me adelantaste a mí. Ibas con él.—volvió a decir
—¿Acaso te giraste a mirar si estaba detrás o sólo especulas como hace un rato? —Chicos, que más da, estamos todos muy nerviosos, no lo compliquemos de nuevo y busquemos a Ramón y ya está. Pero todos juntos o en grupos por favor.— sentencié.

—Está bien, Alma tiene razón.—dijo Nacho.—¿Papá qué miras?

—Ese cartel, otra vez ese cartel.—señalando a la pared donde se encontraba el reloj calendario que daba la hora, la temperatura y la humedad de la sala.

PROMOCIÓN 3.33-25-10-8-4-2

Todos nos fijamos en el profe y también en el reloj calendario, la hora era las 3:33 la fecha la del 20 de junio del 92 en lugar de 24 de junio del 2017. Y también marcaba 4ºC de temperatura. Como aquella noche, como esta noche. Un escalofrío recorrió nuestro cuerpo.

—No lo pienses que te veo venir—me dijo Carlos.
—Sólo le doy vueltas…—Comenté.
—Da pavor solo de pensarlo ¿Verdad?— me susurró Samuel—Tú, quédate aquí Almita y Nachete también, para protegerte. Nosotros iremos a por Ramoncín a ver dónde se ha metido. Usted, Llorente haga lo que le parezca mejor.

—Me quedaré con ellos.—contestó  en voz baja.

En pocos minutos desaparecieron de nuestra vista, miré mi reloj y eran las dos de la mañana. Nacho, se puso a dar vueltas por la estancia buscando una salida que no encontró. Como los muchachos no regresaban decidió ir a buscarles.

—¡No, espera no lo hagas! Debemos permanecer juntos.—le increpó su padre.—NO VAYAS, TE LO ORDENO

—Papá que ya no soy un niño—se lo oyó decir desde la distancia.

Llorente y yo seguimos recorriendo el lugar, durante un rato largo, apenas comentamos nada. Solo nos mirábamos con pavor.

PROMOCIÓN 3.33-25-10-8-4-2

Volví a leer, sin entender lo que significaba. Buscando en mi mente una respuesta para aquel acertijo.

—¿Lo has descifrado ya?—me preguntó el profesor.

—Dado que en el reloj pone la fecha y hora de la muerte de su hija. Yo diría que…”LA PROMOCIÓNO” hace referencia a nosotros, los que aquella noche tuvimos contacto con Celia. Las  3.33 es la hora en que falleció hace 25 años y alguien considera que los 10 que estamos en esta reunión somos los responsables por diversas causas del trágico final de mi amiga.  4 eran los grados que hacía esa noche y también esta, eso sin contar que también son 4 los días que pasan del 20 de Junio de hace 25 años, pero no llego a vislumbrar lo que significan el 8 o el 2. ¿Y usted?

—Buena deducción, yo estoy igual que tú.

En ese instante, se oyeron dos disparos provenientes del pasillo que habíamos dejado atrás y por el cual habían vuelto sobre sus pasos el resto. Ya no sabíamos que hacer, si escondernos o correr.


—Dios mío es mi arma—dijo Llorente.
—¿Cómo que su arma?—grité
—La llevaba conmigo, hoy la traje pensando que podría necesitarla. —¿Necesitarla? ¿Qué me he perdido?

—¡Quédate aquí, niña y escóndete!

Al asomarse Llorente a la escalera por la cual habíamos subido hasta la entrada del vestíbulo y tan transitada por todos en los últimos minutos, vio por fin al asesino, levantando las manos exclamó:

—Imaginé que eras tú.— dijo enfadado—No sé por qué tarde tanto en darme cuenta. Al pedírmela antes debí sospechar, nadie más sabía que la llevaba.

         Yo enmudecí. Me quedé allí de pie sin hacer nada, petrificada y sin saber de quién se trataba. Sólo veía sobresalir el cañón de la pistola por la puerta, no sabía quién la portaba.

—¿Has disparado a Carlos a bocajarro con mi pistola, no es cierto?—afirmó— deja que Alma se vaya, no te ha visto, no sabe quien eres, dale una oportunidad de escapar. Ella no tuvo nada que ver. No se merece esto.¡Alma! No mires date la vuelta. No quiero que sepas…—de repente se oyó otro disparo y vi como Llorente tras forcejear con el agresor, estaba herido en el abdomen.

—Tranquilo, viejo…—sonrió dejando ver por fin quien era.—Nachete, tío, acércate a tu amada y quédate a su lado. Di un respingo al comprobar su identidad, esa noche había sido todo un héroe, un caballero, el mejor de los compañeros… Y de repente, se convertía en el asesino de la promoción.

         En ese momento, vi aparecer a Nacho… también con las manos hacia arriba y su camiseta manchada de sangre.

—No cometas ninguna estupidez Samuel, lo podemos arreglar—intentó conciliar mientras tapaba la herida de su padre que caía al suelo y él volvía a levantarle.

—Esto ya no tiene arreglo, hijo.— contestó el profesor—Samuel ha venido hoy con las ideas muy claras sobre lo que iba a hacer y no cejará en su empeño hasta cumplir su propósito.

—¿Qué dices, papá?— preguntó estupefacto Nacho.
—Ignacio, hijo, quédate con Alma, voy a desentrañar esto—sentenció Llorente—acércate a Alma, déjame aquí.

—Tú padre solo te llama Ignacio cuando está enfadado o es un sitio oficial.—musité.
—Lo sé Alma, lo sé.—apostilló Nacho mientras retrocedía un poco sin dejar a su padre y yo me ponía a su lado
—¡He dicho que no os mováis de ahí!—nos gritó Llorente.

Nacho y yo nos cogimos la mano, temblorosos. Ese era el final, intuí.


Llorente iba marcha atrás recorriendo la estancia hasta dejarnos ver al agresor de aquella madrugada, más nítidamente.

—Bueno, bueno, bueno…no es como yo lo había planeado, pero no está mal.— comentó Samuel, saliendo de entre las sombras también con la ropa y las manos llenas de sangre.

—¿Samu, por qué?—pregunté triste.

—Porque era lo que tenía que hacer Almita. Poner todo y a todos en su lugar. Llevo fraguando esto un año, desde que me enteré que después de las clases de junio de este año, el instituto cerraría sus puertas para hacer reformas. Aproveché que me conseguí la concesión, para preparar todo el entramado, abreviaré …¿cómo iba a acabar con todos los participantes? Porque no ha salido como lo esperaba. Pero sin embargo, os explicaré todo lo importante.


Os he estado vigilando muy de cerca en el último año a los nueve y redireccionando vuestro destino hasta esta noche.


Mandé las cartas de invitación con un anzuelo especial para cada uno, así me aseguraba que estuvierais aquí.

Tú, alma, eras la que mas me preocupaba, pues no confirmabas tu presencia y tuve que recurrir al plan B.  Llorente, tenía que convencerte de que estuvieras aquí hoy, así que me hice pasar por él y te mandé un correo explicándote la razón que te llevaría hasta el gimnasio.

Que Llorente, se muere… Ves…y todo esto sin mentir. Apenas le queda un mes de vida, es más, según su médico es un milagro que aun esté aquí. De hecho, ya no pasará de esta noche, por eso trajo la pistola ¿Verdad? Porque no tenía nada que perder.

Aquel día que yo llamé a su puerta cuando estaba a punto de dispararse y le dije que estábamos todos en peligro, evité por los pelos que trastocara mis planes. Si, le vigilaba y tuve la suerte de ver como escribía aquella carta de despedida a su familia e iba a hacer aquella tontería que hubiera dado al traste con todo mi plan.

De la misma manera, puse un caramelito para que todos acudieran engañados y todo bajo perfiles falsos. Como nadie sabía el teléfono de nadie, fue fácil hacerse pasar por otro u otra. Excepto con Alma, ahí me tocó piratear el correo de Llorente.

Con César y Carlos, me hice pasar por Sonia instándoles a ir. Así los tres pagarían por engancharle a las drogas a mi Celia. Con María fue sencillo, le dije que era César y teníamos algún tema pendiente sino quería que su marido no se enterara de ciertos secretillos.

Fueron todos culpables, ¿cómo? Obvio, aquella noche María lo precipitó todo enrollándose con César, que Sonia saliera despavorida al pillarlos y sacara a mi Celia de la fiesta y la contase sus movidas. Mientras tanto, Carlos, Jose y Ramón esa noche estaban puestos hasta las cejas y no hacían más que ofrecerle de todo. Mientras yo le iba quitando lo que podía de su alcance. Y no al revés como todo el mundo se piensa.

—¿Y nosotros?¿Entiendo qué por dejarla sola?—dije al fin.

—No—contestaron el profesor y nuestro futuro asesino a la par.

— Llorente por dejarle el coche, ¿qué padre en su sano juicio le deja para ir una fiesta, un coche a su hija? Todos colaboraron para que ella se fuera desdibujando y quedándose sin identidad. Sumida en una depresión que la condujo sin remedio a lo que sucedió entonces. Casi lo acertaste todo Almita. Está todo estudiado.

—Vale—asumí—cuéntamelo.

—De acuerdo—sonriente comentó:

PROMOCIÓN 3.33-25-10-8-4-2


3.33. La hora a la que murió y a la que están avisados los de emergencias hoy.

25. Los años que han pasado.

10. Los convocados al evento.

8. Los finados.
4. Los grados de esta y aquella noche.

 2. Los supervivientes.

Y os preguntaréis quienes y por qué. ¿Verdad? Pues, Nachete y Almita, por derecho propio.

Aquella noche entre todos os robamos la posibilidad de estar juntos, habéis pasado por relaciones tóxicas o desastrosas. Sin olvidaros jamás, simplemente intentando no recordaros, siguiendo con vuestras vidas, pero teniendo algo pendiente, lo vi en vuestros ojos el día que le mandé el correo a Alma, con una foto del padre e hijo.

Y también en Nacho, cuando me hice pasar por ella mandando un mensaje augurando un genial encuentro. Supe que aun queda esperanza para el amor que se os fue negado entonces por esta banda en la que me incluyo.

Ese 20 de Junio, yo tenía que ir en el coche con Celia, pero en un despiste se subió sola y se fue, a lo lejos me pareció veros y os seguí. Ví como intentabas besarla y ella se apartaba, también había escuchado la conversación de María y Alma en el baño una hora antes, porque Celia y yo nos estábamos enrollando allí, a escondidas. Para esa hora ya estábamos hasta arriba de todo y se nos ocurrió que Nacho te acompañara.

Cuando os alcancé, después de vuestro beso frustrado, me acerqué hasta vosotros y creo que me desvanecí, al día siguiente me enteré de todo, del accidente de Celia, de que sino llegáis a intervenir cuando me desplomé, ahora estaría muerto…Creo que os lo debo. Yo ya he cumplido con mi cometido y no iré a la cárcel por esto. Ojalá seais felices.

Acto seguido y sin mediar palabra, se metió la pistola en la boca y se pegó un tiro. Dejándonos a ambos ojipláticos.

Después de comprobar que tanto él, como Llorente habían fallecido, nos quedamos a la espera de ser rescatados por los servicios de emergencias a los que ya oíamos, sin decir una palabra, nos abrazamos y así estuvimos hasta su llegada, agente.

Y ahora, apoyada en la puerta de la ambulancia, con la famosa manta que siempre veía en las películas… y que irónico, ahora era yo quien la portaba.

Lo único que me preocupaba era saber si Nacho, se encontraba bien, estaba asustada, todo en lo que podía pensar era en el tiempo que perdimos y que sino llega a ser, por este terrible reencuentro, jamás hubiera sabido lo que ocurrió veinticinco años atrás.

No sé que mas puedo contarle agente. Aun me parece todo una pesadilla, ni tan siquiera se dónde está Nacho, ni si está herido. Cuando entraron ustedes todavía estábamos abrazados y sin saber que hacer o decir.

—Tranquila, Alma, no se apure. Al final, los números que no encajaban…eran el 2 porque 2 fueron los disparos que oyó al descubrir el asesino o porque se supone que 2 eran los supervivientes me ha comentado. Y 8 los que murieron, supuestamente…

—¿Supuestamente? Se supone que deberíamos estar nosotros vivos, Nacho y yo, según el razonamiento de Samuel y…

—Tranquila, solo estoy haciendo alguna pregunta para aclararme yo, estas cosas no se ven todos los días, Alma.

—Ya, no sé, estoy cardiaca y…
—Alma, usted vio la mano de María ensangrentada y la letra C o S. ¿No es así? —Si, era una C. Pero estoy convencida de que fue Samuel quien la escribió para luego crear confusión.
—¿Por qué está tan segura?
—Porque ella era Zurda y el sobre estaba en la izquierda, además si tienes la cabeza abierta, no sé, si fuera en otra parte del cuerpo tal vez te de para escribir o yo que se, lo estoy pensando ahora según hablamos.

—Cierto, pues no hay mas preguntas por ahora, dejaré que los servicios de urgencias se ocupen de nuevo de usted e intente descansar.

—¿Sabe algo de Nacho?
—No señorita, mi labor era hablar con usted. Veré que puedo hacer.
—Gracias agente.
—No hay de que.
—Bueno, pues estoy otra vez en el punto de partida. Sin saber de Nacho, ni lo que pasará después de esta noche y con la certeza de haberme encontrado con cosas de mi pasado que desconocía.

—Todo pasará, se lo aseguro.

—Lo sé. Pero ahora no sé que pensar, ni que hacer, es curioso que de no estar en este evento hoy, hubiera tenido sesión de sofá y manta. Y ahora, solo me veo aquí con esta manta y necesitaré una sesión de sofá. Caprichos del destino.

—Pues si el destino es caprichoso ¿te importaría compartir ese sofá conmigo?—oí decir a Nacho.

—Solo si primero me das un abrazo y el beso que me debes, bueno que te debo—sonreí.

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