Relato corto de amor prohibido: El árbol, el banco y tú.

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Relato corto de amor prohibido: el árbol, el banco y tú

El árbol, el banco y tú

Emilia, como cada mañana desde su llegada al centro, se sentó en el banco.  Pero hoy presentía sería diferente. Antes de salir de su habitación, habían tocado a su puerta. Al abrirla, se encontró una margarita en el suelo. La cogió y la puso en el ojal de su chaqueta de punto. Tras llegar y sentarse como cada mañana, vio en el árbol clavado con una chincheta de corazón rojo, un sobrecito con su nombre.  Su sorpresa fue mayúscula cuando vio su interior. 

Eusebio, enjuto y triste de ojos esmeralda  la contemplaba a lo lejos:

—Te veo en aquel banco todas las mañanas, sentada sobre tu falda plisada que hoy a esta hora intempestiva, hace juego con el cielo plomizo. Espero, chica de los zapatitos planos azabache, que el granizo que acecha cada amanecer a tu encuentro…hoy,  de la vez, al temporal que se acerca tan otoñal y le deje a él, ese dudoso honor de ser quien lo inunde todo  de frío y agua. 

Suspiró sin dejar de mirarla:

   —Me gustaría no ver en este amanecer, esa sonrisa quebrada por el vaivén de tus recuerdos. Me encantaría ver por una vez, ese pelo ensortijado, suelto y enmarañado por el aire y no por tus manos que sin parar lo alisan, lo atan y sueltan.  Que la duendecilla que veo caminando hacia el banco, se girara y …

—Eusebio— se oyó decir a una voz femenina tras él. —¿Por qué no vas  y se lo cuentas al árbol, mientras te sientas en el banco y no al cristal de la ventana?

—No me atrevo. ¿Y si dice qué no? Es un árbol robusto.

—¿Y si dice qué sí? —preguntó la dulce voz de la enfermera— Si no vas, no lo sabrás.

—¿Sabes algo que yo no sepa? ¿Ignoro algo qué…

—Eusebio, todos somos ignorantes de algo y sabios de otro algo. Ve y enmudece allí sentado.

—¿Cómo?

—Escucha al viento traer las palabras. ¿Quién mejor que un antiguo profesor de literatura para esa labor?

—¿Qué palabras?

—Las que llegarán allí cuando estés sentado. Y entonces, solo entonces entenderás lo que le ocurre al árbol ajado por el tiempo y la vivencias. Te dará la respuesta que buscas. Buena, mala ¿quién sabe? Pero una respuesta, sin duda.

Tembloroso y acelerado, llegó al banco. Se sentó y esperó su turno de palabra ante el silencio entre los dos.

La brisa, salió al paso y refrescó su cara. Vio de reojo como Emilia desdoblaba una hoja de papel y sonreía. De seguido, la volvió a meter en el sobre y siguió mirando al horizonte.

—¿Buenas noticias? —preguntó él.

—Las mejores —contestó ella.

El silencio se volvió a hacer cargo de la situación durante minutos, solo roto por las respiraciones entrecortadas de ambos. Hasta que por fin Eusebio sucumbió a la tentación de la esperanza.

—Cada día me levanto al alba para verte contemplar la aurora. Me siento como un adolescente eterno cuando te observo desde mi ventana. Estos minutos que me regalas los disfruto a escondidas, antes de que todos despierten, antes de cruzarnos por los pasillos. Antes de saludarnos entre las mesas del desayuno.  

—Entiendo.

—Sufro al no verte con esa punzada en el alma sin poder remediar nada. ¿Qué podría yo hacer para aliviar tu carga? 

—Nada. Solo es mía y ya está solventada. Gracias por el todo que me ofreces. Me carcomía algo y creo que ya lo puedo dar por terminado.

—Emilia, en este ocaso en el que estamos ¿te gustaría coincidir? Conmigo, digo.

—Eusebio, si es de amanecida —se burló ella con una leve carcajada al tiempo que le cogía la mano con suavidad— se nota tus años de profesorado al hablar.

—Quiero verte sonreír, como yo sonrío al verte. Essenzia Ihalma—le dedicó poniendo su otra mano en el óvalo de la cara—, después de tantos años, encontrarnos en este lugar…

—Ya, ya lo sé —le cortó con una sonrisa nerviosa— llevo días pensándolo, al final la vida nos vuelve a juntar y no puedo por menos que sentir angustia.

—¿Por qué? Ahora somos libres  de ataduras que encorsetan y ahogan. Ahora ya no existe el que dirán, ni el abandono o pena. Ahora solo estamos tú y yo.

—Llevo días pensándolo, rehuyendo tus miradas. Al principio venía aquí por ver otro amanecer. Pero tus notas de cada mañana, cambiaron mi perspectiva. —le alcanzó la que portaba— todas las chinchetas de colores con su nota de papel a juego. 

—Emilia, yo…

—Hoy tocaba el rojo pasión y mi flor favorita —señaló al ojal de su chaqueta— gracias por tanta atención. Vuelvo a sentirme como antaño.

—Emilia, nunca dejé de sentir —hizo una pausa para leer la nota y sonrío— las circunstancias eran otras. Tal vez ahora podamos tener esa oportunidad que no elegimos.

—¿No tienes miedo? Yo amé mucho a pesar de no olvidarte. Mi corazón estuvo dividido.

—Si, algo de miedo hay. Me ocurrió lo mismo.

—Hagámos una pacto, Tú, me apartas de mis miedos con tus abrazos y sonrisas. Y yo, te borro tus tristezas, con mis besos y caricias.

—Por descontado —sonrió el anciano— y si lo sellamos con un te quiero o un te amo.

—Puede que me sienta insegura en lo que debo hacer, pero te aseguro totalmente segura que de con certeza, no te dejaré de querer.

Se abrazaron todo lo fuerte que pudieron. Permanecieron así durante largo rato, mientras Emilia miraba hacia la nada y Eusebio hacia la ventana sonriendo.

Desde el otro lado del cristal eran observados por la artífice del encuentro causal. 

—Rosa, ¿qué haces?

—Observar el encuentro del amor entre dos almas destinadas a juntarse.

—¿Esos son los dos profesores del instituto de los que me hablaste?

—Si. Por fin. Estoy mas nerviosa que ellos —sacó un sobrecito naranja del bolsillo— esto ya no será necesario mañana.

—¿Qué es?

—Ya nada. Solo cartas a un amor prohibido al que reconquistar cada mañana.

Lo leyó :

Te veo en aquel banco todas las mañanas, sentada…

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Preciosa fotografía de: @harlimarten

Quiero verte sonreír, como yo sonrío al verte. Essenzia Ihalma Clic para tuitear

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